Los aterradores recuerdos que nos deja Terezín: la ciudad fantasma de Praga.

Entre los cuatro días que estuve en Praga, tenía claro que uno lo quería pasar repasando un poco de la segunda guerra mundial. Visitar algo relacionado con ella es como adentrarse totalmente en las vivencias de la gente que vivió esa época tan aterradora.

A mas de 60 kilometros de Praga tenemos la ciudad de ”Terezin”. Una ciudad que supuestamente fue un regalo de Hitler para acallar las especulaciones que se hacían sobre el trato hacia los judíos. El cosa era mandar allí a los judíos de mayor edad para que pasasen sus últimos años alejados de las guerras alterando su salud lo menos posible. Y fueron ellos los que se vieron obligados a gobernar sobre el campo de concentración. Al final todo fue solo un enlace para acabar mandándolos a Auschwitz.

Antes de ir directamente al campo de Terezin, merece la pena darte una vuelta por la ciudad, por la cual todavía habita gente intentando hacer su vida normal. Paseando pude encontrarme gente con  sus perros, panaderías abiertas y pequeñas tiendas para hacer la compra. Por supuesto el tráfico es escaso y no se puede escuchar un ruido en toda la ciudad, pues hay muy pocos habitantes allí después de las atrocidades que se cometieron y teniendo en cuenta que aun conserva signos como pinturas nazis aun sin borrar, iglesias judías que aun son visitadas o edificios que se caen a pedazos.

También en el centro hay un museo (con muy poca actividad) que es un resumen de lo que es el campo de concentración, por lo que si lo vas a visitar el museo es bastante innecesario.


El campo de concentración es uno de los que mejores se conserva. Se supone que no era un campo de exterminio, si no un campo para reclutar a los judíos durante la segunda guerra mundial sin animo de daños. Pero por supuesto que no fue así, ya que nada mas entrar puedes introducirte de lleno en el cementerio que hace memoria a los judíos que murieron. Esta en un campo bastante grande y cuidado y con un numero (o dos) diferenciando cada uno de ellos, porque esa era la manera de reconocerlos, por numero.

Durante la visita al campo podemos ver claramente en la situación en la que convivían los presos. Habitaciones para cientos de judíos y poco espacio, muy frías y húmedas. Cuesta imaginarse como pasarían el invierno teniendo en cuenta que en Praga hace muchísimo frío y las condiciones tam inhumanas.

Los baños y los comedores tenían muy poco espacio y como era de esperar, la comida no tenía calidad ninguna, y cuando los cocineros no recibían mercancía echaban a cocinar hierba, tabaco u otras cosas muy repugnantes.

Trabajaban día y noche, con mas o menos fuerzas se veían totalmente obligados a cumplir las obligaciones. Para quienes no daban mas de sí o para quienes se negaban serían castigados con la muerte, ya sea con mas o menos sufrimiento. Podían obligarlos a bañarlos en agua helada. Podían usarlos como punto blanco en los entrenamientos de tiro (en las paredes se pueden observar los daños causados por las balas), podían quemarlos o incluso ahorcarlos.

Todo se conserva escalofriante mente bien. Especialmente hay un pasillo (no apto para claustrofóbicos), que realmente te hace sentir escalofríos. Son los quinientos metros aproximadamente que recorrían los presos cuando los llevaban a sus últimos momentos de vida. Tal y como se ve en la foto, esta muy oscuro y literalmente se cae a pedazos.

Durante todo el recorrido puedes encontrarte con pequeños detalles bastantes espeluznantes y con imágenes escalofriantes muy difíciles de olvidar.

 

Al final de la visita, hay una sala con una pantalla bastante grande donde se reproduce una película creada por la Cruz Roja en aquella época, para demostrar a los medios de comunicación que los judíos recibían buen trato. Efectivamente para esa película escogieron a un grupo de presos, los cuales fueron obligados a comer y a realizar actividades concurridas con una sonrisa en la cara: jugaban al fútbol, se alimentaban de buenas comidas, se rodeaban de sus familiares… Conmovedor.

Es una visita que merece la pena, porque esta fortaleza se mantiene muy bien y los pequeños detalles son los que te hacen transportarte años atrás.

Desde Praga se puede coger un autobús, aunque es una hora y media de camino aproximadamente, merece la pena.

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